Es imposible. No te puedes esconder de Dios. Un hombre lo descubrió cuando creyó que podía engañarlo ejerciendo una devoción "free lance". Una fe a medio tiempo. Frente a todos oraba y sacudía la Biblia, hablaba de las proezas del Señor, de todo lo que había hecho con su vida, de su transformación, de la prosperidad económica que atribuía al haber nacido de nuevo.
En su habitación tenía una cruz elaborada con enorme destreza por un orfebre. Preciosa cruz que miraba apenas de reojo al levantarse y en las noches ignoraba. Leía la Palabra cómodamente acostado en su cama con las imágenes y sonidos chocantes de la televisión como fondo y decía que estaba en comunión con Dios.
Mentiroso, adúltero, de lenguaje soez, creía engañar a Dios porque en público alababa su nombre. Creía que lo engañaba porque de vez en cuando le pedía perdón por sus excesos y según él, tenía ya su dosis de inmunidad que caducaba cuando volvía a ensayar un "perdóname Dios mío".
Creía que lo engañaba. Pero estaba equivocado.
En una noche en la soledad de su habitación, El bajó de su Trono para mostrarle que no podía seguir pretendiendo esquivar Su mirada.
Que sus fintas no lo habían puesto jamás lejos de Sus ojos. Que su entrega "a media llave" estaba registrada en un acta en los cielos.
Más, también le dijo que siempre hay una oportunidad para quienes se arrepienten de corazón. Porque Dios no viene a buscar a quienes ya tiene con El: a los justos. Viene por los pecadores.
"Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento" (Lucas 15:6-8)
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